cuentos, fragmentos

“-Si yo hubiese tenido mi ganado, Laura –dijo con una voz que le resultaba desconocida-, podría… Bueno, todo podría haber sido diferente, pero el dinero era de Edwards.

-La mayor parte era de Blossom- le corrigió ella con calma-. Yo heredé la misma cantidad de mi abuelo que ella, y me preguntaba qué podría hacer con él.

Priam la miró con la boca abierta. Ella volvió la vista con inocencia hacia atrás.

-¿A pesar de todo? –preguntó escéptico-. ¿A pesar de que… la casa está medio quemada?

-La casa está en pie a medias –le corrigió ella.

-Esa es una forma de verlo –reconoció él. La tomó de la mano, carraspeó y comenzó: -Laura…

Ella le tocó con la punta de los dedos un lado de la cabeza.

-Por favor, sonríe un poco, Priam. No es un funeral de lo que vamos a hablar ahora –le insinuó.

Su sonrisa fue como un disparo que asustó a un mapache que estaba entre los álamos.”

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Dorothy M. Johnson. Fragmento de Más allá de la frontera, en Indian Country.

Cita
fragmentos

“Algunas reglas son buenas, chico – le decía Wally besándole (lo que hacía a menudo, sobre todo en el agua)-. Pero algunas solo son reglas. Tienes que quebrantarlas prudentemente.”

John Irving. Fragmento de Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra.

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fragmentos

“-Oh, Señor, ayúdanos durante todo el día, hasta que las sombras se alarguen y llegue la noche… -empezó a decir la Sra. Grogan en voz baja, pero el Dr. Larch no quiso oirla.

-Cualquiera que sea la alternativa, si la hay… no es la oración -dijo.

-Para mí siempre ha sido una alternativa -dijo la Sra. Grogan desafiante.

-Entonces dígala para sus adentros -replicó Larch.”

John Irving. Fragmento de Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra.

Cita
fragmentos

“Finalmente se deshicieron del aparato. Enfermera Edna y la Sra. Grogan se estaban volviendo adictas, y Larch consideraba que para los huérfanos la televisión era peor que la religión organizada.

-Para cualquiera es mejor que el eter, Wilbur -protestó Enfermera Edna, pero Larch se mantuvo firme.”

John Irving. Fragmento de Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra.

Cita
Defensa cerrada

Defensa cerrada

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Defensa cerrada: serie biblioteca

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Palabras y cadenas
pelis

12 AÑOS DE ESCLAVITUD, de Steve McQueen

-O cómo recordar que tal vez seamos hijos de Dios pero que venimos del infierno; y algo sobre el Blues-

Doce años de esclavitud es la película más dura que he visto en mucho tiempo, ¿verdad Maya? Vengo de verla ahora, que son las tantas, y no me voy a la cama, me voy a la tecla porque no puedo dejar que se me enfríe el escalofrío, no sé si me entienden.

Vengo de ver la esclavitud en su retrato más realista y crudo: la inteligencia inutilizada , la sensibilidad enterrada, la solidaridad destruida, la esperanza nula.

En todas las películas sobre esclavitud se genera la esperanza de huida, en esta ese deseo dura unos instantes antes de ser literalmente colgado por el cuello hasta la muerte por una banda de bárbaros zarrapastrosos –ignorantes hasta lo más profundo de sus tuétanos- cargados con escopetones; sus perros de caza de largas orejas y mejillas colgantes, mirando atónitos; el bosque deshilachado, chillando mudo.

Hace un año recuerdo haber visto Django Desencadenado, el western sudista de Tarantino, con algunas escenas terribles, pero joder la peli tenía su héroe, Django, que rescata a su mujer y culmina su venganza, con lo que te ibas a casa con sensación de haberles dado su merecido. La justicia poética de toda la vida, vaya.

Hoy no, hoy entré en el cine siendo un hombre negro y libre de Nueva York, fui secuestrado y vendido como esclavo, y solo he vuelto a casa con mi mujer y mis hijos tras doce años en una plantación de algodón de Louisiana, habiéndome sido arrebatado el último gramo de dignidad humana, sin el más remoto atisbo de justicia o venganza sobre mis torturadores -¿mis dueños, mis amos?-, sin opción alguna de cambiar el curso de la historia, estoy en el 1850 y faltan 15 años para la abolición de la esclavitud. No soy un héroe, no soy Django, en esta peli a los Djangos los habían linchado hacía tiempo y solo quedaba la realidad, es decir, el terror, la más absoluta indefensión.

Al respecto de la veracidad de las sensaciones que consigue generar el cine, esta peli, siendo incómoda de ver, te planta sin errar un milímetro en la desoladora amalgama emocional de un esclavo negro de los Estados Unidos. Peli incomoda -y amarga, que decía Quevedo- como lo es a veces la verdad. Así pues, siguiendo con la comparación, me quedo con Django, creo que es un magnífico cine; pero si alguien quiere hacerse algo más que una idea de lo que fue la esclavitud, esta es la peli. Un peliculón. Eso sí, no da respiro.

Respecto a las interpretaciones, todas son solventes pero por encima incluso del papel protagonista –Chiwetel Ejiofor defiende bien a Solomon Northup- destaca un  Michael Fassbender imponente en su papel de dueño de plantación alcoholizado y poseído –existen, no hay más que ver las noticias- por el peor de los demonios.

Y la película tiene otro detalle que merece la pena adelantar: en el entierro de un compañero muerto, el grupo de esclavos entona una canción religiosa. Solomon Northup no ha nacido esclavo, de alguna manera se niega a cantar sus canciones, pero ese día acaba uniéndose al coro porque esa unión de voces, más allá del significado de su letra, expresa como ninguna otra cosa su dolor.

Y así, hablando de lo mismo y a la vez de otra cosa, esta noche he entendido de dónde viene el Blues.

Vean la película, hombres y mujeres nacidas libres, por lo que pueda venir.

Buenas noches.

Escena del entierro. Los actores que interpretan a los esclavos cantan Roll, Jordan, roll.

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Príncipes de Maine reyes de Nueva Inglaterra
novela

PRÍNCIPES DE MAINE, REYES DE NUEVA INGLATERRA, de John Irving

-O cómo un Dios juicioso indicaría a Gallardón que leyera esta reseña y después esta novela-

El Dr. Larch, acostada ya la tropa de huérfanos que tutela en el orfanato tras haberles leído un pasaje de David Copperfield, gritaba:

-¡Buenas noches! ¡Buenas noches, príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra!

Y me parece que en el frío interior, en la humedad permanente que debe suponer la orfandad, una llamita, una hebra caliente debía de encenderse en muchos corazones en el enorme dormitorio a oscuras. Llamar príncipes y reyes a los huérfanos, a los más desheredados, al conducirlos al miedo y la soledad de la noche es un gesto de una bondad y una inteligencia heroicas.

Ese es Wilbur Larch, un médico de principios del siglo XX que dirige un orfanato. Flanqueado por Enfermera Edna y Enfermera Ángela, mantiene además una isla en mitad del vacío donde las mujeres pueden abortar en condiciones de seguridad médica, si es esa su necesidad. También pueden dar a luz al bebé y entregarlo en adopción.

Así pues, la novela no escurre ningún bulto: la orfandad, el aborto, las convenciones sociales o la desobediencia a las leyes injustas son los temas que los personajes desarrollan en diversas direcciones. Si ante asuntos tan polémicos y personales a veces la afinidad ideológica sostiene al lector frente a textos pobres, no es este el caso: Príncipes de Maine… es una obra que se tiene en pie al margen de las opiniones personales, debido a la fortaleza de sus personajes y a su indudable calidad literaria.

Dicho esto, es una pena que en la vastísima inutilidad de su cultura, nuestro ministro Gallardón no haya sacado un rato para leerla. Escrita en 1985, fecha con significado en lo que al aborto en España se refiere, podía aprovecharle. Tal vez lo haya hecho y no le aprovechó; tal vez lo haga gracias a este blog y decida retirar su ley; tal vez le parta un rayo. Entiendo y asumo que las dos últimas posibilidades son improbables.

A este respecto me resulta terrible comprobar que en el tiempo vital que a uno le toca habitar las cosas pueden ir decididamente hacia atrás, a peor: la falacia del progreso. Javier Marías y Juan José Millas explicaban respectivamente la ruptura del pacto social y la violencia estructural en dos magníficos artículos de hace unas semanas, La baraja rota y Una gilipollez.  Ambos altamente recomendables.

Volviendo a Irving, esta es mi segunda incursión en su universo. El mundo según Garp me pareció una novela repleta de hallazgos, con momentos de virtuosismo y un humor ácido y duro que hace de ella una novela a ratos imprevisible e inquietante. Príncipes de Maine es más clásica en su composición y –pese a su temática- más suave, más digerible porque Irving ha reducido mucho el grado de esperpento respeto a la anterior. Sin embargo, no me quedo esta vez con ganas de empezar inmediatamente otra novela suya: en mi mesita hay libros de Munro y de Proulx esperando, aunque reconozco que también tengo Personas como yo, la hasta ahora última novela de Irving, en la que aborda el tema de la transexualidad. Y es que me admira la capacidad de este escritor para meterse en argumentos de alta carga polémica, en argumentos –tal y como están las cosas- tan necesarios.

Así pues, tras dos novelas, Irving me parece un autor valioso, entretenido y  ligero -que no fácil- de leer, al que uno puede confiar su atención y su sensibilidad durante unas horas sin arrepentirse.

Me quedo con este grito de amor y de insumisión ante esta realidad rastrera y alienante que consentimos:

-¡Buenas noches, príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra!

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