fragmentos

“La casa remolque que había alquilado era vieja. Más bien era una caravana para enganchar a un coche, tan pequeña que no había sitio para maldecir al gato sin que se te llenara la boca de pelos. Cuando soplaba el viento oía chocar estrepitosamente contra el suelo las piezas que se le iban cayendo. Se la había alquilado a Oakal Roy. Él hablaba de sus tiempos de esplendor, allá por los años cincuenta, cuando trabajaba de especialista en Hollywood. Estaba matándose a fuerza de beber. Un perro con las costillas al aire merodeaba por allí, supongo que sería suyo, y cierta vez que regresé a altas horas de la noche lo oí agazapado royendo un hueso de vaca largo y sanguinolento. Oakal Roy tendría que haberle pegado un tiro a aquel perro.”

Annie Proulx. Fragmento del relato Costa solitaria, en Bokeback mountain / En terreno vedado.

Cita
Wyoming sobre mosaico de paisajes
cuentos

WYOMING, de Annie Proulx

-O cómo mola que el western más molón lo escriban las mujeres-

Si uno tuviera memoria a largo plazo, el extraño fenómeno literario del verano de 2013 sería recordado durante largo tiempo –¿lo miden en años, lustros, décadas tal vez, los memoriosos?

Pero uno no dispone.

Y no disponiendo de herramienta tal –sobre este asunto ya me he explicado por extenso en otra entrada– un tipo como yo lo que hace es empezar un blog, llamarlo Líbridus para invocar a los libros, a los híbridos y a la libertad, y escribir en él sobre los tres magníficos especímenes literarios que cayeron en sus manos ese verano.

Después puede colocar lo leído en una nebulosa ajena al tiempo y dedicarse a disfrutar de la incalculable densidad del presente y de su inveterada a la par que estúpida confianza en la viabilidad del futuro –Antonio Gramsci lo llamaba el pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad.

Así que después de El mundo según Garp, de John Irving, y Mi vida querida, de Alice Munro,  hoy escribo sobre Wyoming, de Annie Proulx, para arrebatar esta obra de las fauces de mi olvido y preservarla, simplemente porque lo merece.

Wyoming es en realidad una edición conjunta de tres libros de cuentos publicados por separado: Brokeback mountain / En terreno vedado, Tierra Maldita y Todo perfecto como está. 658 páginas editadas por Lumen a 28 euros. Considerando que se trata de tres libros distintos, aunque tengan evidentes conexiones, el precio no es excesivo: 9 euros la pieza.

El vínculo que vertebra todos los cuentos es la tierra donde tienen lugar, el estado de Wyoming, tierra de montañas y llanuras, testigo de las guerras indias, ganaderos, colonos, minería, naturaleza extrema, poblaciones remotas, pocos hombres y mujeres, rodeos, armas, caballos, republicanos, reses y vaqueros. Por lo tanto, Annie Proulx, para más señas nacida en Connecticut, costa este, escribe relatos de vaqueros: western.

Y esta es una de las primeras sorpresas que depara la lectura: el magistral desempeño de Proulx en la confección de personajes en los que la rudeza, la ignorancia, el desamparo o la brutalidad derivada de sus muy extremadas formas de vida, parecen difíciles de recrear de forma verosímil. Cuando leía Sutree, de Cormac McCarthy, la historia de una especie de bohemio, pescador e indigente en el Tennessee de los años cincuenta, me asaltó una admiración parecida: ¿Cómo demonios un escritor aprende cosas tan complicadas, tan radicalmente adosadas a la experiencia vital cotidiana de su personaje, cuando ese personaje tiene una vida que simple y llanamente está a años luz de la del escritor? ¿Cómo demonios sabe tanto Proulx de la vida de esos vaqueros dejados de la mano de dios, tan creíbles en sus relatos como inverosímiles en la realidad, sin ser una de ellos?

Pues lo sabe. O lo es. O se lo inventa. Lo importante es que, en todo caso, esos hombres y mujeres del oeste la convierten en una magnífica escritora.

Pero esto no es un western al uso –indios, vaqueros, pistoleros, el sheriff, la corista- sino un retrato más naturalista que simbólico del oeste a lo largo del siglo XX. Proulx despoja al western de su perspectiva épica clásica, de su heroísmo. Y queda la ignorancia, la brutalidad, el alcohol, el aislamiento, los rodeos y la naturaleza brava e indescriptible en su enorme poder, a la cual Proulx dedica párrafos muy bellos.  Hace algunos años –en la polvareda de mi memoria es difícil calcular las distancias- tuve la oportunidad de cruzar los Estados Unidos de sur a norte y de subir algunas de sus montañas: la inmensidad de los espacios eriza la piel, el poder de la naturaleza -su fuerza creadora y destructora- se hace presente al instante, y esa naturaleza brutal también está en los relatos de Wyoming.

Mientras leía pensaba que tal vez cada libro de los tres que componen el volumen merecería su propia reseña. Escribo solo una pero es cierto que bien podrían ser tres. Desde mi punto de vista el mejor libro es el primero, Brokeback mountain/En terreno vedado, pero sin duda el volumen entero merece la pena.  Para los desmemoriados como yo, no está de más recordar que el relato Brokeback mountain fue llevado al cine en 2005 por Ang Lee, y que su novela, The Shipping news, de 1993 y traducida como Atando cabos, ganó el premio Pulitzer y tuvo también su versión cinematográfica, protagonizada por Kevin Spacey con Julianne Moore, Cate Blanchett y Judi Dench. Casi nada.

Así que Wyoming, señoras y señores, ha sido la tercera gran lectura de este verano, increíblemente afortunado en muchas cosas pero además en lo literario. Ha sido una magnífica sorpresa toparme de nuevo con buenas historias del lejano oeste, con visiones originales de un universo tan lleno de tópicos. Y es un gustazo, claro que sí, que el western que más mola lo escriba una mujer.

Natural de Connecticut, para más señas.

¡Bien por Proulx!

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“La topografía del propio Scrope  consistía en una cabeza grande de cabello rapado, un bigote rubio platino, una espalda destrozada por una galopada tipo taladro neumático a lomos de un pinto de orejas pingajosas, corcoveante y dado a pegarse a los cercados, sobre el que John Wrench había apostado correctamente, dos décadas atrás, que Scrope no conseguiría mantenerse, unos pies destrozados por toda una vida de calzar apretadas botas de vaquero, y unos brazos simiescos cuyas muñecas ningún puño de camisa llegaría a acariciar. Sus facciones, la boca pequeña y bien cincelada y los ojos de color agua, tenían un aspecto comprimido, pero los musculosos hombros y el pecho torneado proclamaban una fortaleza masculina que había atraído a no pocas mujeres en el transcurso de los años. Su matrimonio, breve y sin descendencia, se vino abajo en una hora. A partir de entonces Car se dedicó a mirar la luna a través de una botella noche tras noche, a ver vídeos porno y a comer, además de grandes cantidades de carne de vaca y de cerdo, comida basura en envases de plástico que le provocaba picantes sarpullidos y retortijones intestinales cargados de hebras anaranjadas, como si hubiera comido y digerido un zorro.”

Annie Proulx. Fragmento del relato Un par de espuelas, en Bokeback mountain / En terreno vedado.

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pelis

42, de Brian Helgeland

-O la irreconciliable sonrisa de Indiana-

Terminó la película y exclamé con entusiasmo:

-Qué bueno Harrison Ford, está distinto, convincente, alejado de su propia caricatura… ¿no te parece?

Ella me contestó que no. Primero así de seco y después añadiendo sucinta explicación:

-A mí la peli me ha gustado pero Harrison Ford sigue siendo Indiana Jones y sigue usando la sonrisa de Indiana Jones, eso es así y no hay quien lo cambie.

-Venga ya –respondí- solo la ha usado un poquito en las primeras tomas, y ha sido casi como si se le hubiese escapado, como si no pudiera evitarlo. El tipo está bien en el papel –insistí.

-Yo dejaría la peli tal cual y cambiaría al actor –remató- así no funciona, no me lo creo.

Entonces me enfadé –es una forma de hablar- no tanto por mí mismo como por Harrison y por Indiana y por Han Solo, y le dije que perfecto pero el que escribe la reseña soy yo, y yo tengo mi criterio, coño, -eso no lo dije pero le da carácter a lo que dije, que es una de las ventajas de escribir- e Indiana Jones está más que digno en 42, punto.

Entonces ella dijo que le parecía fenomenal, que me quedara con mi criterio, mi reseña y mi punto y se fue a la cama haciendo como si le importara un comino esto que escribo y canturreando Indiana, Indiana, me tienes hasta la banana…

Y una vez llegados –dramáticamente- a este momento, sostengo que la interpretación de Harrison Ford mejora la obra. Una vez, o dos como mucho, se deja ver la clásica sonrisa Indiana Jones pero breve, inicial y sutilmente. Luego Ford se toma en serio el trabajo y resulta convincente, aprovecha un guión que le ofrece varios diálogos poderosos, y creo que ayuda a desarrollar la épica propia de una peli sobre racismo y sobre deporte, esa combinación tan americana.

Se puede añadir a favor de la película que consigue –no hay muchas que puedan decir lo mismo- presentar el beisbol sin narcotizar al espectador, narrando lo que parece ser parte de la biografía del primer jugador negro en alcanzar la liga de beisbol más importante de EEUU, hasta entonces reservada a jugadores blancos.

Así que considero que la película esta bien interpretada, es muy ligerita en el tratamiento del tema de los derechos civiles en EEUU, muy americana en su ritmo y su optimismo y, como resultado de estos ingredientes, entretenida y agradable de ver, sin mayores logros, pero sin muchas más pretensiones y por tanto, equilibrada.

-¿Quieres un hombre que no tenga agallas para pelear? –pregunta iracundo el beisbolista negro Chadwick Boseman.

-No, quiero un hombre que tenga agallas para no pelear- responde el anciano ejecutivo de los Dodgers de Brooklyn, Harrison Ford, levantando sus cejas peludas.

Y yo me lo creí.

Trailer:

Que ni pintado:

“Indiana”, versión en directo del tema de Hombres G incluido en el disco La cagaste… Burt lancaster, 1986.

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“Le gustaba caer bien a la gente; le gustaba entrar en un sitio y dejar en el aire la promesa de algo que bien podría ser alegría.”

Alice Munro. Fragmento del relato Grava, en Mi vida querida.

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Alice Munro by ~dawno
cuentos

MI VIDA QUERIDA, de Alice Munro

-O el Yukón en sentido contrario llevándose el verano-

Seamos francos desde el principio: no es –y a este respecto no cabe concebir ninguna duda- una lectura de verano. Hay varias razones de gran peso subjetivo que sustentan esta viga.

La primera puede parecer un tópico pero no lo es: yo, como lector, no me creo que en Canadá exista el verano. No he estado allí, es cierto, y parece ser que en el sentido meteorológico tienen incluso primavera y otoño además del invierno, pero al leer estos cuentos de Munro se te mete en la gorja una hebra afilada de viento que te atenaza el hálito. Y cualquiera que haya leído a Jack London –The call of the Wild, por ejemplo- reconoce como lector que esa hebra viene del Yukón, desde Alaska, donde pasan frío en agosto hasta los huskys.

La segunda razón es que estas narraciones son de una crudeza tal, que no me veo capaz de compatibilizarlas con la más que respetable a la par que lógica preocupación por la marca del bañador o del bikini. Yo lo veo así: si estás leyendo Mi vida querida y te despistas con que se te mete arena en la toalla, con la crema o con la ensaladilla, se te congelan las manos y cuando te quieres dar cuenta estás donde el socorrista o, en el peor de los casos, hay que amputar in situ, rodeado de curiosos estupefactos en traje de baño, en mitad de la Segunda del Sardinero.

Así que no veo razón para insistir más en lo que está meridianamente claro: Mi vida querida es una lectura de invierno, una colección de cuentos para leer con guantes. No hay en los cuentos barroquismo, no hay humor, no hay más rasgos de estilo que el escribir exactamente lo necesario para contar una historia, es decir, la depuración del estilo. Y todos los cuentos son un iceberg, todos ocultan más de lo que muestran, dejándome con la sensación de estar ante múltiples novelas por desarrollar.

Los cuentos se sitúan en un Canadá rural en torno a los años de la Segunda guerra mundial: costumbres y formas de vida y de relación desaparecidas ya, contadas como con un cuchillo de diseccionar el material narrativo: una historia sin interés aparente empieza a resultar apasionante, reveladora, llena de significado. Supongo que esa es la magia de la literatura, la maestría de narrador.

Lo que me llama la atención aquí no es una imaginación desbordante, un ingenio vivo o un lenguaje exquisitamente trabajado, lo que hay en estos cuentos es una historia cualquiera, y esa historia se convierte en manos de Munro en una peripecia única capaz de alojar dentro toda la humanidad de la Tierra. Me recuerda en algunos momentos a John Berger –Puerca Tierra, Una vez en Europa, Lila y Flag– en las atmósferas rurales y en los personajes extinguidos, ajenos ya al mundo del lector moderno.

Sentenciosamente cabría decir que para Munro no hay historias buenas y malas, personajes interesantes o no, sino que cada humano con su vivencia puede adquirir a través de la literatura el estatus de obra maestra. Cada vida merece una obra, sea cuento, novela, poema, canción o pintura. Munro, entre todas las vidas, escoge algunas que a mí me parecen difíciles de contar. Y las borda.

-Chapó, señora.

MI vida querida sobre madera y foco.

Mi vida querida sobre madera y foco.

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Buda tendido ante libros antiguos

Buda tendido ante libros antiguos

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Buda: serie biblioteca

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Jennifer Connelly sobre fondo de google y texto.
pelis

LITTLE CHILDREN -JUEGOS SECRETOS- de Todd Field

-O los hallazgos del olvido-

Esta película tiene dos cosas: por un lado Kate Winslet es prácticamente un seguro de que, al margen de lo que hagan los demás implicados en una película, está será más que aceptable; por otro lado, Jennifer Connelly es prácticamente un seguro de que, independientemente de cómo se empeñen en caracterizarla, una belleza excelsa impregnará la cinta en cada uno de sus planos. Así que la película merece la pena. No sólo por ellas, claro, pero sin todo lo demás, ellas solas bastarían.

Little Children –traducida como Juegos secretos– es una película de 2007 que hemos visto por segunda vez accidentalmente. En el caos de carátulas del videoclub acabó en el cesto ésta, entre la prisa y la desmemoria. He de decir que pese a mi notoria juventud, tengo por norma olvidarme de casi todo lo sucedido en el pasado. Esta habilidad envidiable no me cuesta esfuerzo, me sale sola, y en general la considero positiva a excepción de  cuando discuto. Cuando discuto bien, con el cuchillo entre los dientes, necesito episodios concretos del pasado para echárselos en cara al otro, y suele sucederme que en mitad del fragor, el adversario –perro viejo ya- se aprovecha del caos de mi memoria y de repente me dice que no, que no fue así, “eso no pasó así”, me dice ya con cierto retintín.

-Yo juraría que sí… –empieza la duda a minar los muros de la patria mía.

-¡Que no, joder! –y he aquí el principio de mi pronta –si un tiempo fuertes ya desmoronados- y poco honrosa claudicación.

Otro inconveniente es que la desmemoria tampoco se lleva bien con la erudición, pero a su vez no hace buenas migas con la pedantería, con lo que estamos fifty-fifty. Sea como fuere, he sabido desde las primeras tomas que había visto esta película pero no he sido capaz de adelantarme al argumento, con lo que he podido disfrutar de ella. Bendito olvido.

En cuanto al guión, se trata –otra vez- de una película típicamente americana, suburbio rico profundamente conservador en el que un personaje un poco heterodoxo, un guiño claro a Madame Bovary –Kate Winslet- intenta sacarle más jugo a la vida. Matrimonios en crisis, relaciones extramatrimoniales, hijos pequeños y apariencias que guardar.

-¿La felicidad? Pese a ser obligatoria, no vive allí.

Se introduce a su vez un elemento de miedo social -excelente papel de Jackie Earle Haley- que funciona como historia paralela a la de los protagonistas, y en varias escenas de la película se nos presentan situaciones realmente cómicas.

La película es redonda y tiene un final un tanto desconcertante, de los que dan para mucho palique después de verla. Así que merece la pena buscarla. Yo, desde luego, ya la he catalogado entre los hallazgos de mi olvido.

Trailer:

Tema interesante:

“Fly me to the moon” Versión en directo de Frank Sinatra, 1969.

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Tucán vigilando libros viejos.

Tucán vigilando libros viejos.

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Tucán: serie biblioteca.

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Michelle Williams sobre fondo de google
pelis

BLUE VALENTINE, de Derek Cianfrance

-O cómo a mis amigos les fue todo mal-

La verdad es que nunca me apetece ver una película como Blue Valentine hasta que la veo. Entonces me arrepiento de no ser más riguroso con mis deseos, más exigente en cuanto a la calidad, a la veracidad del cine que deseo ver. Y es que muchas veces quiero pasto. No quiero arte, no quiero vida, quiero pasto. Por supuesto que prefiero el pasto bueno y que me aburre el malo, pero incluso en el aburrido encuentra consuelo mi momento de abulia.

Soy un cinéfilo de videoclub desde que las obligaciones familiares –los hijos pequeños- han  convertido la escapada al cine en algo muy poco habitual, y a la hora de elegir una peli siempre acabo cayendo en la sección de acción o suspense, a la espera de una hora y media –o más, cómo me gustan las pelis eternas- de cerebro absorbido por una trama rápida, excitante y a ser posible con una buena dosis de heroísmo lo menos manido posible. Ese es mi pasto favorito.

Pero a veces no soy yo quien elige la película y atravieso rachas de buen cine involuntario, del que suelo quejarme en la intimidad pero que en realidad me alimenta el espíritu, aunque después me cueste conciliar el sueño porque me deja el cerebro encendido durante un rato. Y en una de esas me he encontrado con Blue Valentine.

Pareja joven y excéntrica con una hija encantadora, aparentemente felices, dotado él de una simpatía especial, travieso, infantil, adorablemente inmaduro,  ella atractiva, cariñosa, capaz, un poco misteriosa, la cría alegre y energética. Todos ellos personajes con los que rápidamente conectas, con los que empatizas, a los que deseas un buen argumento –bueno en sentido moral, no cualitativo- un argumento que les haga sufrir pero que les recompense tras todas las desgracias.

Los actores son Ryan Gosling y Michelle Williams. A él le conozco de Los idus de marzo, junto a George Clooney, a ella no la conocía –parece ser que ha hecho  dignamente de Marilyn- pero ambas interpretaciones sostienen la película. Para los amantes de The Wire, tenemos a John Doman –el comisario Rawls- en un papel secundario.

Y el asunto es una relación de pareja. Hay momentos muy descarnados y algunos muy divertidos vistos a través de un cristal de humor muy negro. Hay diálogos muy logrados y el guión es solvente. Me parece una buena película. Relaciones de pareja tan de verdad que duelen. Decididamente no se trata de pasto. Pero es dura. Bien dura. Como es a veces la vida. Y pese a ello -o precisamente por ello- merece la pena verla.

Trailer:

Banda sonora a cargo de Grizzly Bear:

“Shift”

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